En 1913 Langmuir descubrió que si el filamento se enrollaba en espiral forma de un, en sustituyendo la clásica una estructura de zig-zag o cercado como en las bombillas de vacío, era posible la introducción de un gas inerte evitara la oxidación del filamento a las altas temperaturas y parar la evaporación del tungsteno, responsable del deterioro del filamento y de su fusión final, así como la condensación y adherencia sobre la superficie interna del bulbo, lo que produce ennegrecimiento y pérdida calidad lumínica. De esta manera se diseñaron lámparas cuyo filamento pudiera soportar temperaturas superiores sin desgaste suplementario, con un rendimiento muy alto, al margen de emitir una luz más blanca. Los gases utilizados suelen ser el nitrógeno y el argón, en forma de mezcla, sometidos a una presión de una a dos terceras partes de atmósfera aproximadamente.
También se utilizan kriptón y xenón, dos gases nobles con menor conductividad térmica y mayor peso atómico, que permite al filamento alcanzar temperaturas mayores y por tanto, más elevados rendimientos y una mejora de la calidad de luz, aunque la utilización de estos gases resulta más costoso. En otros tipo de lámpara, se añaden determinados compuestos halógenos al gas, como el yodo, cuya propiedad es la de evitar la condensación del vapor de tungsteno en el interior del bulbo, devolviéndolo en parte, a la superficie del filamento, evitando así, el ennegrecimiento del cristal y el desgaste prematuro del filamento. Para éste tipo de lámparas llamadas HALÓGENAS, se utilizan bulbos de muy pequeño tamaño, debido, a que su volumen interno debe estar, a una temperatura muy elevada para que se realice la reacción química del yoduro de tungsteno, para este fin los bulbos fabrican a base de vidrio de cuarzo, de un calibre mayor al de las lámparas convencionales lo que en conjunto le proporciona un elevado punto de fusión.
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